Luna
Hace 4 años como familia decidimos adoptar una mascota. Toda la vida había tenido perros y pensé que sería lo mismo, es decir, darles de comer, entrenarlos para que den la patita y sacarlos a pasear. Cuando adopté a ella, a mi mejor maestra de 4 patas, mi Luna, fue completamente diferente, digamos que ha sido la que más me ha enseñado a trabajar la aceptación. Ella llegó enferma, con lombrices que sacaba hasta por la boca, en serio que empezó por no ser mi sueño de perrita; a los pocos días empezamos a notar que su carácter era diferente, se apartaba y no le gustaba que la tocaran, ella tenía miedo y mucho; yo no lo podía ver porque tenía incluso más miedo que ella; en mi propio proceso interno me estaba divorciando, me faltaba confianza y tenía miedo del futuro.
No sé qué pasó primero, si ella se agarró de mí o yo de ella, pero sin saberlo sumábamos miedo, y ese miedo se convirtió en, disfrazadas, felicidad mía y en ella agresividad. Me faltaron lentes para ver el miedo que reflejábamos ambas…al final nos parecíamos.
Luego de un tiempo tuve problemas porque mordió a dos personas y la tachaban de agresiva y peligrosa, de nuevo yo estaba sin ver mi propia agresividad hacia mí misma, quería salvarla a ella sin poder ayudarme a mí, pero de verdad yo no podía ver que la obscuridad tenía sus enseñanzas y que tampoco podía apresurar mi sanación. El mayor dolor vino cuando me pidieron que regalara a mi perrita porque así estaríamos felices y tranquilos, mi alma simplemente sabía que esa no era la respuesta, por el contrario, tenía que seguir trabajando y observándola a ella como mi mejor espejo.
Llegamos a un punto que el miedo se convirtió en enojo, en dolor y claramente en más agresividad hacia mí. Mi falta de aceptación era cada vez mas grande “quería un perro normal” era mi grito al cielo, hasta que alguien me dijo ¿y si la aceptas tal cual es? Me costó entenderlo durante toda una tarde sin sol y lluviosa, de reflexión hacia mí, me volqué en mí, qué pasaba en mí que yo no me aceptaba, por qué me cuesta trabajo aceptarme, quizá así podría aceptar y, sin etiquetas, amar a mi perrita que al final solo es mi espejo y mi maestra.
En este proceso hemos conocido personas, dos grandes entrenadores y amigos que con muchísimo amor nos mostraron como espejos no solo al miedo, sino también herramientas nuevas.
Con el tiempo ella y yo hemos crecido, creo que hoy sí vemos nuestro miedo, pero de manera diferente y desde otro lado nos relacionamos con él, ese miedo que nos circundaba hoy lo abrazamos. No diré que mi perrita se convirtió en un Golden super bonachón, pero la aceptación nos ha dado paz y herramientas reales para trabajar en familia su miedo y el mío.
Hoy te digo que acepto a mi perrita Luna pues ella ha sido mi mejor maestra. Le agradezco que llegó a mostrarme el que yo lograba ser agresiva conmigo sin respetar mis límites. Esta perrita me ha enseñado a observar mis relaciones interpersonales, a cuidar los cómos desde mi alma. Con Luna he aprendido a observarme y escanearme, a reconocer cuándo me estoy sintiendo incómoda antes de reaccionar.
Al final creo que todo tiene que ver con el poder que tenemos de aprender y reaprender de nosotros mismos, de poder observarnos, de la aceptación que logremos de nuestra realidad y de cómo logramos ser espirituales en esta vida. Y si te preguntara ¿Quiénes han sido tus grandes maestros y espejos? Te invito a que veas y reconozcas en tu vida a esos grandes maestros que nos enseñan, sobre todo, la aceptación y el amor.
Deja una respuesta Cancelar la respuesta
Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.